tecnología para explorar el mar
Podemos observar galaxias situadas a millones de años luz. Tenemos satélites alrededor de la Tierra y robots que han recorrido la superficie de Marte.
Sin embargo, todavía existen enormes regiones de nuestros propios océanos que conocemos con muy poco detalle.
El problema no es solamente la distancia.
En las profundidades existe oscuridad absoluta, temperaturas bajas y una presión capaz de destruir equipos que no estén preparados para soportarla.
Por eso, explorar el océano requiere algunas de las tecnologías más resistentes que hemos construido.
La luz tiene grandes limitaciones bajo el agua. Por eso, una de las herramientas fundamentales para estudiar el fondo marino es el sonar.
Estos sistemas envían ondas acústicas y analizan cuánto tardan en regresar después de encontrar una superficie.
Con esa información pueden calcular distancias y construir representaciones del fondo oceánico.
Los barcos de investigación utilizan sistemas de sonar multihaz para estudiar grandes extensiones.
Pero observar desde la superficie no siempre resulta suficiente.
Ahí entran los robots submarinos.
Los ROV, o vehículos operados remotamente, permanecen conectados mediante cables a una embarcación. Los operadores pueden controlar cámaras, luces y brazos robóticos desde la superficie.
También existen los AUV, vehículos submarinos autónomos.
Estos pueden seguir rutas programadas sin permanecer conectados constantemente a un barco. Incorporan sensores, sistemas de navegación y computadoras capaces de registrar información durante sus misiones.
Nuestro teléfono puede calcular su ubicación utilizando señales procedentes de satélites.
Debajo del agua aparece un problema.
Las señales de radio utilizadas por sistemas como GPS no penetran grandes profundidades de agua de manera efectiva.
Los vehículos submarinos necesitan otras soluciones.
Pueden combinar sistemas de navegación inercial, sensores de movimiento, mediciones de velocidad y referencias acústicas.
El resultado permite estimar dónde se encuentra un robot incluso cuando está trabajando a miles de metros bajo la superficie.
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Cada vez que descendemos, aumenta la presión ejercida por el agua.
En las zonas más profundas del océano, esta presión alcanza niveles extremos.
Por eso, los submarinos y robots necesitan estructuras especiales.
Algunos componentes electrónicos permanecen dentro de recipientes resistentes. Los vehículos tripulados utilizan cabinas diseñadas para soportar enormes fuerzas externas.
Los materiales también son fundamentales.
Titanio, diferentes aleaciones, materiales compuestos y vidrios especializados aparecen en equipos destinados a grandes profundidades.
Una pequeña falla estructural puede convertirse en un problema crítico.
Un robot submarino puede regresar de una misión con enormes cantidades de imágenes y mediciones.
Analizar todo manualmente requiere muchísimo tiempo.
La inteligencia artificial puede ayudar a identificar organismos, clasificar imágenes y encontrar patrones dentro de grandes conjuntos de información.
También puede mejorar la autonomía de los vehículos submarinos.
Un robot capaz de interpretar parcialmente su entorno puede ajustar determinadas decisiones durante una misión sin esperar constantemente instrucciones desde la superficie.
Esto resulta especialmente útil porque las comunicaciones submarinas tienen importantes limitaciones.
La tecnología ha permitido encontrar naufragios, estudiar volcanes submarinos y descubrir especies que viven en condiciones extremas.
También permite investigar ecosistemas que nunca reciben luz solar.
Pero el tamaño del océano convierte cualquier exploración en una tarea gigantesca.
Incluso elaborar mapas detallados de todo el fondo marino continúa siendo un proyecto internacional en desarrollo.
Y conocer un mapa tampoco significa haber observado físicamente cada lugar.
Ahí está la gran paradoja.
Tenemos tecnología capaz de enviar una nave hasta otros planetas, pero todavía necesitamos robots, barcos, sonar y años de trabajo para conocer las regiones más profundas de nuestro propio mundo.
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