En todo el mundo, millones de personas entrenan modelos de inteligencia artificial, enseñando a las máquinas la diferencia entre peatones y palmeras, o qué combinación de palabras describe la violencia o el abuso sexual.
Por lo general, estos trabajadores están destinados en el Sur global, donde los salarios son baratos. OpenAI, por ejemplo, recurre a una empresa de subcontratación que emplea a trabajadores en Kenia, Uganda e India. Ese sistema funciona para las empresas estadounidenses, que operan en inglés, el idioma más hablado del mundo. Pero en el Sur no hay mucha gente que hable finés.
Por eso Metroc recurrió al trabajo penitenciario. La empresa consigue trabajadores baratos que hablan finés, mientras el sistema carcelario ofrece a los reclusos un empleo que quizá les prepara para el mundo digital del trabajo tras su puesta en libertad.
Utilizar presos para entrenar la IA crea paralelismos incómodos con el tipo de mano de obra mal pagada y a veces explotadora que ha existido a menudo en el sector tecnológico. Pero en Finlandia, el proyecto ha recibido un amplio apoyo.
“Existe una idea global de lo que es el trabajo con datos. Y luego está lo que ocurre en Finlandia, que es muy diferente si se mira de cerca”, según Tuukka Lehtiniemi, investigador de la Universidad de Helsinki, quien ha estado estudiando el trabajo de datos en las cárceles finlandesas.
Finlandia es famosa por sus prisiones abiertas, donde los reclusos pueden trabajar o estudiar en las ciudades cercanas, pero esta no es una de ellas. En su lugar, Hämeenlinna es la institución de mayor seguridad del país, con reclusas exclusivamente femeninas.
Esta es una de las tres cárceles finlandesas donde los reclusos pueden ofrecerse como voluntarios para ganar dinero trabajando con datos. En cada una de ellas hay tres laptops preparadas para que los presos participen en este trabajo de inteligencia artificial.
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