Pocas industrias han cambiado tanto y tan rápido como la de los videojuegos. En 1972, Pong dos barras blancas y una pelota cuadrada dejó claro que aquello no era un simple experimento, sino un producto masivo con futuro. Hoy, más de 50 años después, un título existencialista francés con estética de manga arrasa en The Game Awards 2025. Y, sin embargo, la industria atraviesa una de sus crisis más complejas.
A pesar de que en 2025 el mercado global de videojuegos alcanzó los 160.680 millones de euros muy por encima de los ingresos del cine, desde 2022 el panorama laboral y financiero no deja de deteriorarse. Más de 45.000 despidos y una tasa de desempleo global del 4,5% exponen un reajuste duro.
No es que falten ganancias, sino que los números ya no cumplen con las proyecciones infladas durante la pandemia. Muchos inversores, atraídos por un boom que no comprendían, salieron en estampida al volver la normalidad.
Los videojuegos enfrentan su mayor dilema creativo y financiero
La presión por rentabilizar ha convertido a los videojuegos AAA en monstruos multimillonarios. Títulos como Grand Theft Auto VI podrían superar los 1.000 millones de euros en costos de producción. El problema: más gasto no garantiza más ventas. Para compensarlo, los estudios recurren a microtransacciones, contenido descargable y subidas de precios. Electronic Arts, por ejemplo, obtiene hasta el 70% de sus ingresos por estas vías. Pero incluso eso ya no es suficiente para calmar a sus accionistas. La compañía está en negociaciones para ser vendida por 42.530 millones de euros a un fondo saudí.
Con franquicias como FIFA y Los Sims mostrando síntomas de desgaste, el desafío no solo es tecnológico, sino narrativo. Hacer siempre lo mismo ya no engancha, y hacer algo diferente se vuelve cada vez más caro.










